dijous, de juliol 30, 2020

Omella y Waterloo


En una reciente entrevista en prime time en la televisión autonómica, coincidiendo con la publicación de un libro y con la enésima constitución de un partido a su medida, y con el equipo trasladado a su mansión de Waterloo, el expresidente Carles Puigdemont arremetió contra el cardenal Juan José Omella, titular de la archidiócesis de Barcelona, por situarse "contra los poderosos" y no "con los débiles" y no visitar a los que llaman "presos políticos" en cárceles que, de hecho, están fuera de su territorio pastoral. Eso mismo repitió en una esperpéntica rueda de prensa al día siguiente sobre las últimas medidas contra el coronavirus el presidente Quim Torra, inmediatamente después de anunciar que le abría un expediente por celebrar la misa funeral por las víctimas del covid-19 en la basílica de la Sagrada Familia, superando el aforo de la Generalitat (500 personas, diez veces más que las permitidas, en un aforo para 9.000 personas), limitación que, por cierto, acaba de derogar. La misma Generalitat, desde otra ventanilla, había presionado para que se abriera el mismo templo para las visitas turísticas de aquellos mismos días, cosa que se hizo. El Arzobispado, que conoció la prohibición sin tiempo a presentar recurso, ha anunciado medidas legales contra la arbitrariedad de la administración, que conculca derechos constitucionales, según dice.

De todos modos, a mi parecer, lo más relevante de esta polémica no es la decisión de unos y otros sobre la misa, sus chapuzas y la evidencia de la falta de comunicación fluída entre el Arzobispado de Barcelona y la Generalitat de Catalunya, sinó la conversión de Omella en chivo expiatorio del independentismo. Hay que recordar que dos departamentos dirigidos por ERC se han destacado últimamente por enfrentarse a las escuelas concertadas católicas (Enseñanza) o intervenir en la polémica por las inmatriculaciones (Justicia, de quien dependen las relaciones con las confesiones), con rueda de prensa incluída por el que será candidato a la presidencia de la Generalitat, Pere Aragonès. Es decir, los ataques a la Iglesia católica en general y a Omella en particular entran a su pesar en campaña. Las elecciones están previstas en principio, para otoño.

¿Por qué cargan contra Omella?

Omella, en 2017, aún no presidente de la Conferencia Episcopal Española, se prestó para mediar para que el Gobierno Puigdemont desistiera de llevar a cabo el cumplimiento de las nefastas leyes de transitoriedad, aprobadas por el Parlament a principios de septiembre, con el objetivo de declarar la independencia de Cataluña. Con excelentes relaciones con el Papa Francisco, teléfonos ministeriales en su móvil y con autoridad en el complejo mundo católico español (por ejemplo, el PNV), Omella  trabajó a fondo y al final, como lamentablemente conocemos, Puigdemont rechazó cualquier acuerdo. Seguramente influyó que semanas antes, en el funeral por las víctimas por los atentados de Barcelona y Cambrils, y después en la carta dominical por el Once de Septiembre, el día nacional de Cataluña, Omella llamara a los políticos al diálogo, la concordia y el entendimiento. El enfado de Puigdemont, cuya estrategia pasó por entonces por vincular el impacto de los atentados con el dichoso procés, fue patente. Explícito.

Paralelamente, la presión independentista para tomar el control de la sociedad civil catalana es cada vez más explícita. La Iglesia católica no es una excepción. Como decía Josep Maria Carbonell en La Vanguardia, «quieren una Iglesia nacional. Ya habían conseguido la Cambra de Comerç, los ateneos populares, los grupos sardanistas, los bastoners, los castellers, las uniones de payeses. Faltaban el Barça, Montserrat, La Caixa y la Iglesia». Sin embargo, Omella ha actuado con tiento. No se le conoce ni una sola declaración contra la independencia ni a favor de la unidad de España. Ni una crítica al Gobierno. En algunas iglesias se celebraron plegarias por los "presos políticos" y en algunos templos las pancartas para pedir su excarcelación se ven más que la cruz. Sin embargo, no ha movido ni un dedo para impedirlo, fiel a su estrategia de no contribuir más a la confrontación y de dedicar todo el tiempo que sea necesario para construir puentes, como buen pontífice. Pero son precisamente los puentes los que quieren dinamitar. Si se acaban de cargar a su propio partido, con sus dirigentes dentro, para hacer otro a su medida, ¿qué importancia tendrá la unidad que consiga Iglesia?

Es un error, claro. En esta pandemia, la tarea de ayuda a los necesitados que han realizado las instituciones eclesiales ha sido, y aún es, ingente, mientras pagamos engtre todos la oficina de expresidente y el sueldo de eurodiputado del fugado de la justicia que se considera "de los débiles" desde el cómodo salón de su mansión flamenca. 

Por otra parte, a pesar de la evidente decadencia de su número de fieles en los últimos años (como en el conjunto de Europa occidental), la Iglesia católica es aún la organización más transversal y capilar de la sociedad catalana. Está en los barrios más humildes y en los más pudientes, pasando por todos los demás; las encuestas indican que el voto católico está muy repartido y que la proporción de partidarios de la independencia es similar a la del conjunto de la población (es decir, no llega a la mayoría). Omella no es Rouco, además. No es ni mucho menos la caricatura del obispo contra la que nos lo pasamos tan bien. Y es mucho más simpático, cosa que tampoco era difícil. También tiene al Papa detrás, el Papa y lo que cuelga, que les sería muy útil si un día necesitan reconocer un nuevo estado. Además, el ataque a Omella pone de manifiesto el afán de control social del independentismo, su tendencia al cesarismo y a menospreciar la pluralidad y la división de poderes. Creo que la jugada les ha salido mal. Y no hay mal que por bien no venga.

Article publicat avui a Religión Digital.

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