dissabte, d’octubre 31, 2009

Ecce Barrocus

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Amb motiu de nombroses exposicions que coincideixen enguany, a nivell internacional, sobre diversos aspectes del Barroc espanyol, el suplement Babelia d'El País publica alguns articles d'interès. Per la seva extraordinària vàlua, us recomano (sencer) el de Francisco Calvo Serraller, que reflexiona sobre les característiques dle Barroc, s'aventura a una tesi sobre la grandesa del barroc espanyol i s'interroga sobre la fascinació que la societat actual té per aquest moviment artístic, gresol del més modern i innovador de l'art posterior, com veureu. Us poso ara els passatges més rellevants, dicupulpeu se sigui un pèl llarg. Però és que és una delícia.
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No están de más estas interrogaciones porque cualquier revisión del pasado siempre revela una inquietud del presente, por lo que una fascinación común sobre una cuestión histórica nos sirve como espejo de la actualidad. (...)
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En realidad, si no el primero en usar dicho término [barroc], sí el que le dio su más completa configuración, fue el historiador de arte suizo Heinrich Wölfflin (1864-1945) a través de una obra capital titulada Conceptos fundamentales de la Historia del Arte (1915). (...) La concepción formalista de Wölfflin le llevó a establecer cinco pares contrapuestos, que se referían a la "evolución de lo lineal a lo pictórico", "de lo superficial a lo profundo", "de la forma cerrada a la forma abierta", de "lo múltiple a lo unitario" y, en fin, "de la claridad absoluta a la claridad relativa".
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(...) Otro gran historiador de arte, el alemán Werner Weisbach, publicó en 1921 El barroco como arte de la Contrarreforma, donde no sólo se contextualizaba, como lo anuncia ya el título, este estilo, sino que, algo muy importante para nuestro país, adalid del Concilio de Trento, se consideraba como un producto característico precisamente de España y de sus entonces amplísimos dominios y zonas de influencia. Pero el análisis de Weisbach no se ciñó sólo a constatar cómo el barroco era un producto de las luchas de religión, sino caracterizó el desarrollo de su compleja psicología, porque, aunque a primera vista pudiera parecer paradójico, el pudor moralista promovió el nacimiento del erotismo posterior, con toda su larga cola de pulsiones sadomasoquistas, fetichismo y otras "perversiones".
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(...) Es muy significativo que el deslumbrado descubrimiento internacional de la Escuela Española se produjese a partir del siglo XIX, trocándose la óptica crítica que hasta entonces consideraba nuestra historia y nuestro arte como negativos ejemplos de lo políticamente incorrecto, en fascinada admiración y fuente de inspiración de las sucesivas vanguardias. Si España había sido considerada como "un capítulo aparte" de la cultura occidental moderna, como así lo describía todavía en su libro Civilización el historiador del arte británico Kenneth Clark, entre otras cosas por su orientación anticlásica y antihumanista, ahora esta diferencia fue motivo de creciente y estimulante interés.
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Hay muchas razones para explicar el triunfo del barroco en España y en sus vastos dominios ultramarinos. Ya se ha mencionado el peso de la religión contrarreformista, que, al argen de otras disputas doctrinales, había comprendido el valor y la eficacia de las imágenes como muy oportunos vehículos para influir en una población básicamente analfabeta, sobre todo, a partir de haber tomado conciencia de la importancia que progresivamente iban a tener las masas en una contienda ideológica que se estaba dirimiendo con las armas. Por primera vez, de forma rotunda, el arte se mostraba como un instrumento de propaganda decisivo, y el barroco, de suyo efectista, era el estilo más adecuado para ello, ya fuera en pintura, en escultura o en arquitectura. Por si fuera poco, el barroco era un estilo idóneo para conjugarse con toda clase de culturas indígenas y su hibridación con ellas logró un éxito tal que tomó un vuelo propio principalmente en toda Latinoamérica, con ricas variantes locales, que se prolongaron, sin pérdida de vitalidad, hasta bien entrado el siglo XIX.
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(...) En efecto, frente al puritanismo luterano, racionalista, sobrio e higiénico, la efectista explosión barroca, sensual y brillante, con su probada capacidad para el mestizaje antropológico y formal, supone un orden alternativo más elástico e inclusivo. (...)
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Sea como sea, no sé si cabría hablar de una moda "neobarroca", pero está claro que hay hoy una generalizada avidez por acercarse a este estilo, que no sólo refleja un tiempo y un lugar, sino que representa una forma de mirar y de sentir, no ya de una manera prismática y cerrada, sino, por así decirlo, mediante un bucle, algo que conviene muy bien al espíritu del arte, pero también a la visión científica actual sobre el espacio.
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Imatge: talla de Gregorio Fernández (1576-1636) datada el 1616 (Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid).
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